El malvado carabel

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30 de noviembre de 2016
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 EL MALVADO CARABEL

por Eduardo Scala

   Recuerdo haber jugado más de una partida con Pablo González Pérez, el Malvado Carabel, como le gustaba llamarse a sí mismo, al principio de los años sesenta, en los legendarios Billares Callao. Le rememoro años más tarde, en todo su esplendor, cuando salvó la vergüenza de los ajedrecistas madrileños venciendo al maestro persa Ibrahim en la final del Campeonato de Castilla, Torneo celebrado en el salón de actos del Don Bosco.

   Evoco a Pablo, casi pelirrojo, fiel a sus principios, jugando siempre la apertura Bird, y con las negras, la Defensa Nimzowitch o Escandinava. Recuerdo a Pablo como temible finalista. También me viene a la memoria el querido Ricardo Calvo, en Mallorca, hablándome con admiración del Malvado Carabel.

   Cuando me retiré del ajedrez competitivo, 1967, jugué mi último torneo por equipos en el Torneo de Ferias de San Mateo en Valladolid, que se celebró en el Edificio Herreriano, hoy convertido en Museo de Arte Contemporáneo. La selección de Madrid estaba compuesta por el maestro José Sanz, Pablo Gorbea, Eduardo Scala, Pablo El Malvado Carabel, y Adolfo del Pozo.

   Hacía cuarenta años, 40, que no nos veíamos. Cuando en 2007 aparecí por el Club de Ricardo Lamarca, y lo reconocí, le dije:

    “- Pablo, cuarenta años es nada: e4”. 

   He gozado de su amistad y de su juego durante el último año de su vida. Repartía caramelos diminutos, potentes, vallecanos, entre mate y mate. Cuando, en las noches de verano,  nos quedábamos solos, cerraba, orgulloso, con sus llaves del Club, la puerta del “Palacio del Ajedrez”. Luego, salíamos a tomar algo por los bares de la Puerta del Sol, a hablar del misterio  de la vida, de las mujeres, de la muerte, de lo pobres y ricos que éramos, y siempre de nuestro amado ajedrez. Celebramos juntos su último cumpleaños. Le gustaba oír los aires andinos, melancólicos, de los músicos que tocaban en la puerta de La Mallorquina.“-Éstos tocan con alma”, repetía. Me hacía gracia su indumentaria irregular, a veces venía al club en zapatillas de paño a cuadros, que llevaba con su gracia natural. Elías Querejeta se fijó en su escultural cabeza y, principalmente,  en sus perturbadoras cejas para la película  Selefotsifem (Mefistófeles, en el espejo).

   Pablo aprendió el ajedrez en la adolescencia, cuando estudiaba  en el Seminario de la Calle de San Buenaventura, en Las Vistillas, que tuvo que abandonar a causa de una tuberculosis. Desde entonces fue misionero del ajedrez, enseñando a cientos de aficionados, algunos de ellos ya maestros.

   Pablo, el hombre bueno, el malvado, ha sabido irse como un ángel, sin molestar a nadie. Ha renunciado a defender su dificultosa posición con “la elegancia del abandono”, como diría el maestro Sanz.

   Este ha sido su último final magistral.

   ¡Bravo! ¡Aplauso!

 

   Eduardo Scala

 Pablo González y Díez del Corral

Pablo jugando con el Gran Maestro Díez del Corral (2008), una de sus últimas partidas amistosas.


 

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Este sitio se actualizó por última vez el 19 de marzo de 2012